lunes, 7 de julio de 2014

Sangre y arena (1949).La pasión en Technicolor


                  Cuando en 1908 aparece en las librerías “Sangre y arena” obtiene un gran éxito, algo ya habitual en el escritor valenciano. Una novela que aunque ambientada en el mundo taurino, trata de temas universales como son el miedo, la pasión, los celos, la fama y la posterior caída. Además no está exente de una crítica social al país atrasado que retrata. El oficio de torero se erige como una oportunidad para salir de la pobreza. Pero es el triángulo amoroso formado por el torero Juan Gallardo, su esposa Carmen y la tercera en discordia Doña Sol, una aristócrata corrompida que será la desencadenante de la tragedia.

 

         Ya en 1916 el propio autor rueda asesorado por Max André la primera versión cinematográfica de su novela. En 1922 Rodolfo Valentino protagoniza una nueva adaptación después de haber alcanzado la fama con otra ficción de Blasco Ibáñez “Los cuatro jinetes del apocalipsis”. La película dirigida por Fred Niblo contó con la bella Nita Naldi en el papel de Doña Sol, vampiresa oficial de la Paramount que poco después sería la malvada Sally Lung en la parte contemporánea de “Los diez mandamientos”.

 

         Los españoles tuvieron que esperar hasta 1949 para poder ver esta bella versión dirigida ocho años antes por Rouben Maomulian. En un artículo publicado en el ABC sevillano el 15 de Julio de 1992, reseñando esta película con motivo de su inclusión el ciclo “Andalucía en el cine” dentro de los fastos de la EXPO 92, Miguel Olid atribuía que las ideas republicanas de Blasco pudieran haber motivado ese retraso tan prolongado. Lo único cierto es que a finales del año anterior, el director Rafael Gil, uno de los hombres más considerados del régimen había estrenado una nueva adaptación de “Mare Nostrum” una de las obras más famosas del autor valenciano con María Felix y Fernando Rey como protagonistas. En Francia no se estrenó hasta 1947 y en Alemania occidental en 1950, fechas muy similares pueden hallarse en otros países europeos que debían de ponerse al día, tras faltar las producciones americanas de sus carteleras durante la contienda mundial y en nuestro caso durante la guerra civil.

 

         Fueran cuales fueran las causas, la verdad es que la película cosechó en nuestro país un gran éxito, al igual que lo había sido en medio mundo. Ya en 1948 se había reestrenado en las pantallas norteamericanas, y el cómico Mario Moreno Cantinflas aparecía en una película rodada el mismo 1941 titulada “Ni sangre ni arena” donde sonaba constantemente el pasodoble “La virgen de la Macarena” pasodoble bolero de Bernardo Bautista Monterde y Antonio Ortiz Calero que sonaba en los títulos de crédito del filme de la Fox.

 

         El exquisito director de origen armenio, con poco más de cuarenta años tenía a sus espaldas un gran bagaje tanto en el teatro como en el cine. Volvía a utilizar el TECHNICOLOR tras haber dirigido en 1935 el primer largometraje realizado con la nueva técnica de tres bandas “La feria de las vanidades”. En los seis años transcurridos la novedosa técnica se había perfeccionado, permitiéndole utilizar el color como un elemento emocional más. Ayudado por los cámaras Ernest Palmer y Ray Rennahan (quien ya había coincidido con Maomulian en la aludida adaptación de la obra de Thackeray) quiso recrear la iluminación de los grandes maestros de la “escuela española” como El Greco y Velazquez.

 

         Antes de ceder los derechos de la novela a la Fox, Paramount había anunciado en 1932 una adaptación de “Sangre y arena” con un cuanto menos extraño reparto: Cary Grant y  Tallulah Bankhead, que al final no se llevó a cabo. El elenco de esta nueva versión estaba encabezado por Tyrone Power y Linda Darnell como Gallardo y su esposa, protagonistas así mismo de la última película de Maomulian “El signo del zorro”. Esta sería la última colaboración de la pareja, tras haber coincidido también en “Tejados de vidrio y El hombre de la frontera). En cuanto al papel de Doña Sol, se barajaron varias opciones. Al principio se pensó en Hedy Lamarr, pero su estudio MGM no estaba por la labor. Luego hubo varias aspirantes: Gene Tierney, Betty Grable, Jane Russell, Dorothy Lamour y María Montez. Finalmente una joven starlette de Columbia llamada Rita Hayworth, se haría con el papel que la consagraría definitivamente tras ya haber destacado en “Ángeles sobre Broadway y La pelirroja”.

 

         El guion corrió a cargo de otro hombre proveniente del teatro Jo Swerling. Autor de uno de los primeros espectáculos de Los Hermanos Marx en Broadway, llegó a Hollywood tras la crisis teatral provocada por el crack del 29. Después de ser el primer colaborador de Frank Capra, participó en multitud de proyectos (Pasaporte a la fama, Fueros humanos, La jungla en armas etc.) siendo nominado al año siguiente de esta película por la famosa biografía de la estrella del béisbol 'Lou' Gehrig titulada “El orgullo de los yanquis”.

 
 

         Como era predecible la adaptación de Swerling se centra en el conflicto amoroso a tres bandas de la novela, sin por ello tener sus momentos de crítica social, casi todos ellos en boca de “El nacional” banderillero de la cuadrilla de Juan Gallardo, al que da vida John Carradine. En sus frases denuncia a el analfabetismo como raíz de los males que padece el país. También está presente esa costumbre muy española de enaltecer al ídolo para luego derribarlo estrepitosamente, cuyo máximo exponente es el crítico taurino Don Curro, interpretado por un actor de breve carrera truncada por su muerte a los 31 años llamado Laird Cregard, a quien siempre recordaremos como elegante Lucifer en la cinta de Lubitsch “El diablo dijo no”.  Un joven Anthony Quinn encarna a Manolo de Palma, el rival taurino de Gallardo, y la otrora exótica estrella del cine mudo Alla Nazimova, representaba a Angustias la madre del diestro.
 

 
 
 

         Mientras Tyrone Power lucia en sus escenas como torero dos perfectas réplicas de los trajes utilizados por el célebre matador azteca “Armillita”, el resto del vestuario fue diseñado por el célebre Travis Banton que en la década anterior había sido a la Paramount lo que en MGM fuera Adrian, siendo fundamental su aportación en el look definitivo de dos de las grandes estrellas del estudio Marlene Dietrich y Claudette Colbert. En su etapa en la Fox y posteriormente en Columbia, sería capital para potenciar el glamour y la sensualidad de Rita Hayworth.

 
 

         Uno de los elementos esenciales de las películas del Hollywood clásico era la música. Alfred Newman encargado de escribir la partitura invitó al guitarrista madrileño Vicente Gómez a que escribiera motivos musicales apropiados para el filme. Virtuoso de la guitarra clásica su nombre es en España menos popular que otros contemporáneos suyos como Segovia, Yepes o Sainz de la Maza, debido a que permaneció en el exilio por su oposición al régimen franquista. Posteriormente nacionalizado norteamericano, en los años anteriores a la guerra civil intervino en alguna producción cinematográfica como “Morena Clara”.  Cuando Newman lo llama, la fama de Gómez en Estados Unidos era ya considerable grabando discos para la productora Decca y teniendo su propio programa radiofónico. Fruto de su inspiración fueron varias melodías que surgen a través de todo el filme, entre ellas “Verde luna” que canta doblada Rita Hayworth y que en España versionó Mercedes Vecino. Pero la melodía que resuena más a lo largo de toda la película es el “Romance de amor” composición de ignota autoría que sería luego popularizada por Narciso Yepes en el filme francés “Juegos prohibidos” y que suele conocerse como “Romance anónimo”.

 
 

         Todos estos elementos confluyen en este apasionado drama romántico, dotado de todo el glamour y estética del mejor cine clásico. Una hermosa película que es un magnífico exponente del potencial del Hollywood dorado como fábrica de sueños.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 3 de julio de 2014

Don Juan (1926) Homenaje a John Barrymore

 

Como cambia la apreciación de las películas con el paso de los años. En la época de mi niñez, donde ya me interesaba por las cintas clásicas (lo siento era un chaval muy raro), los comentarios que de ellas se vertían eran en muchos casos negativos. Era el comienzo de la década de los ochenta y todavía parecía que había que pedir perdón porque una película fuera divertida, poniéndole el nefando adjetivo de comercial. Parecía que eran mucho mejor las cintas interioristas, de estructura deslavazada y que frecuentemente conseguían dormir al público en su cómoda butaca.
 

         La primera referencia que vi de “Don Juan” era corta y la descalificaba, señalando que su única virtud consistía en ser el primer largometraje estrenado con sonido sincronizado. Un primer peldaño para lo que luego sería el cine sonoro. Pero la cinta de Alan Crosland es mucho más, una estupenda película de aventuras, que hoy sigue manteniendo su frescura pese al paso de casi noventa años.
         Aunque la productora Warner hoy es conocida, por sus películas de gangster, realizadas con presupuestos bajos al comienzo de los treinta, lo cierto es que a lo que realmente aspiraban los famosos hermanos, era a realizar espectáculos de prestigio. Fue su productora la que trajo de Alemania a Ernst Lubitsch, con sus comedias cosmopolitas, y la que inició una serie de lujosas producciones, a mayor gloria de su principal estrella John Barrymore.
 
         Nacido en 1882 el menor del clan Barrymore había empezado e triunfar sobre las tablas en 1903, especializándose en Shakespeare. Desde 1913 alternaba sus temporadas teatrales por sus apariciones cinematográficas donde poco a poco fue cobrando más relevancia. Sería en 1919 cuando con “La prueba del honor” lamentablemente perdida, alcanzaba el estatus de estrella. Un año más tarde y con el mismo director John S. Robertson, interpretó el doble papel de Jeckyll y Hyde, siendo esta la primera versión relevante del fantástico relato de Stevenson y la definitiva consagración de Barrymore. Antes de volver a las tablas interpretando a Hamlet en 1923, había intervenido en una nueva (ya se habían filmado para entonces unas cuantas) versión de Sherlock Holmes, donde Roland Young aparecía como el Doctor Watson. En 1924 firma un contrato con Warner cuyo primer fruto “El árbitro de la elegancia” le reunirá por primera vez con Mary Astor, en esta ambiciosa adaptación de la vida de Beau Brummell.
 
 
         Antes de incorporarse al rodaje de Don Juan, Barrymore había vuelto a realizar una de sus interpretaciones más arriesgadas poniéndose en la piel del capitán Ahab, en una versión de Moby Dick rebautizada como “The sea beast”. La guionista Bess Meredyht se tomó grandes licencias con el argumento, potenciando una historia de amor entre Barrymore y la bella Dolores Costello que en la vida real acabaría en boda. Meredyht volvió a manejar libremente la historia con Don Juan, que además del poema de Lord Byron, utilizaba fuentes de la más diversa índole. Una de ellas sería el relato de Poe “El barril de amontillado”, donde la venganza se consuma emparedando vivo al rival, igual que hará Don José Marana con el amante de su mujer en el prólogo de la película.
 
         La película comienza con un siniestro prólogo donde nos cuenta como Don José descubre gracias a su fiel bufón que su mujer le es infiel. Tras su venganza se dedica a una vida disipada con escenas de bailes sicalípticos incluidos. Apuñalado por una de sus amantes antes de fallecer previene a su pequeño vástago Juan con el amor de las mujeres. “Sal al mundo y toma el amor cuando te plazca…sonríe…y olvida”.
 
 
 
         Después de dejar la sombría estancia de los Marana bajo el epígrafe de LA HISTORIA, comienza realmente las aventuras de este Don Juan desarrollada en la turbulenta corte de los Borgia donde será redimido por el amor gracias a la bella Adriana Della Varnese. Mary Astor volvía a ser la pareja de Barrymore en el papel de la noble italiana. La joven estrella de tan sólo veinte años llevaba ya seis en el negocio del cine, debutando en un corto de Buster Keaton titulado “The Scarecrow”. En ese plazo de tiempo ya se había hecho un nombre en Hollywood, además de los dos filmes con Barrymore, el año anterior protagonizaba “Don Q hijo del zorro” junto al dinámico Douglas Fairbanks. Era tan sólo el principio de una larga carrera en el medio cinematográfico. La misma suerte correría una jovencísima Mirna Loy que con dieciocho años interpretaba a Mai, la malvada servidora de Lucrezia Borgia. La seductora aristócrata con fama de envenenadora la encarnaba otra bella mujer Estelle Taylor, una actriz cuya fama se difuminó con la llegada del sonoro y de la que dimos amplios datos biográficos en el post de la película de Lon Chaney “El cazador de tigres” (http://ramonnovarr.blogspot.com.es/2014/03/el-cazador-de-tigres-1929-lon-chaney-y.html).
 
         Del resto del elenco destacaríamos a Warner Oland como Cesar Borgia. El actor sueco aparecería en dos títulos emblemáticos del cambio del cine mudo al sonoro “Orgullo de raza” y “El cantor de jazz”. Aunque sería su encarnación del detective asiático Charlie Chan, el que le diera la fama, convirtiéndolo en uno de los actores más populares en los años treinta del pasado siglo. Y por supuesto estaba Barrymore, que interpretaba a Don José y a su hijo Juan. Pese a su tendencia al histrionismo, resulta convincente en ambos papeles, demostrando apostura y profundidad en su interpretación.
 
         El rodaje pese a la magnitud del proyecto, tuvo sus mayores problemas debido a la relación de sus dos protagonistas. Astor y Barrymore habían tenido una relación amorosa durante el rodaje de “El árbitro de la elegancia” que no había llegado a término en parte por la proteccionista familia de la actriz. Luego como habíamos apuntado Barrymore se había comprometido con Dolores Costello, a quien no paraba de besuquear en cuanto terminaba de rodar alguna escena (se dice que también coqueteaba con algunas coristas) provocando angustia en la joven Astor.
 
 
         Lo cierto es que Alan Crosland hizo un gran trabajo. Ya había llamado la atención como director de grandes espectáculos con “Bajo la púrpura cardenalicia” (1923) basada en la célebre novela de Stanley J. Weyman que se desarrollaba en el famoso “Día de los incautos”, episodio de la historia de Francia en el que María de Médicis  fraguó una conspiración para lograr la caída del  Cardenal Richelieu. Su trabajo es sin duda brillante, rodando con una vitalidad poco común en su época. Un dinamismo al que contribuyó la excelente partitura de William Axt y David Mendoza quien hizo los arreglos musicales que interpretó la orquesta Filarmónica de Nueva York .
 
         El filme fue estrenado el 6 de Agosto de 1926 en Nueva York. El programa estaba destinado a dar a conocer el novedoso sistema de sonido conocido como Vitaphone y que consistía en un artilugio que sincronizaba el audio impresionado en discos con la película cinematográfica. La sesión comenzaba con una alocución del luego desdichadamente célebre William H. Hays en calidad de presidente de la asociación de productores y distribuidores de película, donde elogiaba la importancia del novedoso avance. A continuación se exhibieron otros cortos con sonido sincronizado, comenzando con la obertura de Tanhausser interpretada por la filarmónica neoyorquina, a los que siguió el violinista Mischa Elman tocando el Humoresque de Dvorak. Una extraña mezcla de estilos que incluía al célebre divo Giovanni Martinelli en la dramática aria de Pagiacci “Vesti la giubba” y que culminaba con el delirante pastiche de ambiente español titulado “La fiesta” Aunque la soprano Anna Case intenta cantar algo que parece español, lo mejor del corto es la actuación de “Los cansinos”. Célebre conjunto de bailarines españoles donde puede apreciarse a una chiquilla de ocho años llamada Rita Hayworth.
 
                   Después de casi una hora de proyección comenzaba el plato fuerte, este “Don Juan” con el que hemos querido homenajear al gran John Barrymore. Un actor que fue pionero al intentar transmitir la complejidad del alma humana en la gran pantalla.
 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 2 de julio de 2014

Sagrado matrimonio (1943) Una comedia del rey del melodrama

 

         Justo hace quince años el Festival de San Sebastián hizo  una retrospectiva del director John M. Stahl. Autor de películas tan famosas en su tiempo como “Imitación de la vida”, “Sublime obsesión”, “Las llaves del reino” y “Que él cielo la juzgue” lo cierto es que el resto de su obra es prácticamente desconocida para las audiencias actuales. Bertrand Tavernier en su obra “50 años de cine americano” señalaba que la productora donde Stahl realizó gran parte de su carrera, silenció su obra para engrandecer las nuevas versiones en color que de sus viejos filmes realizó Douglas Sirk.

         Además de Universal, el estudio donde más trabajo el director fue Twenty Century Fox, donde con su primer filme en su nueva casa “El sargento inmortal”, logró un gran éxito contando con una glamurosa pareja formada por Henry Fonda y Maureen O´Hara en plenitud de su belleza. Muy diferentes eran los protagonistas de su siguiente cinta, los ya veteranos Monty Woolley y Gracie Fields .
 
         Esta estupenda comedia toma como base la pieza teatral “The great adventure” estrenada en 1913, obra de un autor cuya fama ha sufrido vaivenes a lo largo del tiempo “Arnold Bennett”. Muy elogiado hasta la década de los veinte, su enfrentamiento al grupo de Bloombury encabezado por Virginia Wolf hizo que su prestigio decreciera. Sería en la década de los noventa del pasado siglo cuando nuevas generaciones de lectores empezaran a redescubrir a un autor de gran brillantez.
 
         El prestigioso guionista  Nunnally Johnson, hizo un estupendo trabajo al convertir en lenguaje cinematográfico la estimulante comedia. Stahl que en su época de plenitud se había especializado en románticos melodramas, supo con su pericia habitual llevar a buen puerto esta cínica farsa, donde también hay un lugar para el sentimiento romántico.
 
         Pero nada de esto hubiera sido posible sin el brillante trabajo de unos actores de trayectoria muy dispar pero que formaron una pareja perfecta en este filme. De Monty Woolley ya hablé con motivo de su filme más popular “El hombre que vino a cenar” (http://ramonnovarr.blogspot.com.es/2013/12/el-hombre-que-vino-cenar-1942-la.html). Pero conviene recordar que antes de dejar todo por la interpretación, había sido un admirado profesor en Yale. Amigo íntimo de Cole Porter, ambos pertenecían a la alta sociedad norteamericana, donde llevaban con discreción su homosexualidad. En cuanto a Gracie Fields, decir que ere una actriz y cantante inglesa forjada en el mundo del music-hall. Durante los años treinta había rodado muchas películas en su tierra natal, pero al diagnosticarle un cáncer de cérvix se retiró junto a su marido a reposar en la Isla de Capri. Al estallar el conflicto bélico marchó con su marido de nacionalidad italiana a Estados Unidos. “Sagrado Matrimonio” era su segunda intervención ante las cámaras americanas, si tenemos en cuenta su episódica actuación en “Tres días de amor y fe”-
 
 
         Woolley interpreta al excéntrico pintor Priam Farrell que tras vivir muchos años en una isla remota, debe volver a Inglaterra. Como huye de cualquier tipo de publicidad, usurpa la identidad de su criado, que fallecerá repentinamente. Convertido en un ciudadano anónimo conocerá a una encantadora viuda (Fields) con la que contraerá matrimonio. A partir de entonces se desencadenan una serie de hechos que contribuyen a mantener el interés de la cinta y que por supuesto no voy a desvelar. “Sagrado matrimonio” es una magnífica película que merece conocerse, como gran parte de la obra de ese magnífico director llamado John M. Stahl.