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lunes, 15 de diciembre de 2014

Como robar un millón y...(1966) La elegancia hecha cine.

 
 

         El origen de esta película se remonta diez años atrás, cuando el director William Wyler piensa en rodar una nueva comedia que utilizara a la pareja protagonista de “Vacaciones en Roma”, Gregory Peck y Audrey Hepburn. Para ello pensó en adaptar un breve relato de George Bradshaw, que cuatro años antes había creado la historia que dio pie a la magnífica “Cautivos del mal” de Minnelli. Se pensó titularla “Venus rising” tras lo que          Wyler buscó los servicios de un nuevo genio cinematográfico llamado Stanley Kubrick para desarrollarla cinematográficamente.
         Al final el proyecto no llegó a buen puerto y estuvo en barbecho durante una década hasta que finalmente el veterano director se decidió a darlo forma, buscando a Harry Kurnitz para que se ocupara del guion. Kurnitz que llevaba un cuarto de siglo escribiendo guiones, había dado lo  mejor de sí mismo en los últimos años, colaborando en filmes tan exitosos como “Testigo de cargo”, “Hatari” y “El nuevo caso del inspector Clouseau”, generalmente considerada como la mejor de las películas de la Pantera rosa. Una saga de filmes que unían humor, intriga detectivesca y que reflejaban a la perfección la nueva década de los sesenta.
 
         “Como robar un millón y…” sigue sin duda esa nueva ola de producciones, cuyo mejor exponente es precisamente otro título protagonizado por  Audrey Hepburn “Charada”. Si en las películas de Edwards y Donen, era Henry Mancini el encargado de poner la música, en esta ocasión Wyler decidió apostar por un joven compositor que sería uno de los más importantes en las siguientes décadas John Williams. El carácter burlesco con que dibujó la partitura, fue del agrado de Wyler, con el que colaboró estrechamente.
 
 
         Otro de los puntales de la exquisita producción, fue la magnífica dirección artística de Alexandre Trauner. Con una brillantísima carrera a sus espaldas, participando en los mejores filmes de autores tan dispares y geniales como Marcel Carné y Billy Wilder, aquí creo el interior del inexistente museo Kleber-Lafayette, una de sus obras cumbres. Inspirado en el museo Jacquemart-André, el decorado fue erigido en los estudios Boulougne-Billancourt. Se cuenta que utilizó a conocidos falsificadores para que recrearan las diferentes obras de autores clásicos y contemporáneos, que el ficticio museo exhibe. Como exterior del museo se  utilizó la entrada del Museo Carnavalet parisino.
 
         Si en su anterior comedia, Roma había sido otro personaje más, aquí fue París quien tomaba el relevo. Aunque no dispuso de las facilidades con que había contado para rodar en la ciudad eterna, buena parte del París de la época puede apreciarse bajo la elegante lente del cámara  Charles Lang. En este excelente blog pueden verse con detenimiento las diferentes localizaciones de la película: http://movie-tourist.blogspot.com.es/2014/04/how-to-steal-million-1966.html.
 
 
 
 
         A todo ello se reunió un excelente reparto, que se hallaba en su mejor momento. La ya aludida Audrey Hepburn que seguía en el proyecto, había conseguido éxitos tan rotundos como “Desayuno con diamantes, Charada y My fair Lady” volviendo por quinta vez a rodar en la capital francesa. Peter O´Toole era por fin un galán más joven que ella. Nacido cuatro años antes, se hallaba en la cúspide de su fama tras protagonizar la épica epopeya de David Lean “Lawrence de Arabia”. Se han vertido ríos de tinta sobre la poca complicidad de la pareja en el filme, yo personalmente no estoy de acuerdo con esa afirmación, creo que su actuación es deliciosa y equilibrada pero para gustos los colores.
 
 
 
         Rodeando a la pareja, unos estupendos secundarios, comandados por Hugh Griffith. El actor galés ha pasado a la historia del cine por dos papeles memorables, el Jeque Ilderín de “Ben-Hur” y el lascivo “Squire Western” en Tom Jones. Aquí interpreta al amoral padre de Hepburn, un brillante falsificador que acepta a regañadientes dejar su lucrativo oficio. Otro destacado es Eli Wallach, recientemente desaparecido y que se hizo inmortal gracias a su colaboración con Sergio Leone. Aquí lo vemos haciendo gala de su vis cómica, algo menos habitual. También destacaría la intervención de Fernand Gravay, en la década de los treinta, galán del cine francés, que en Hollywood interpretó a Johan Strauss en "El gran vals”. Un actor galo mucho más popular Charles Boyer también tiene una pequeña intervención.
 
 
 
 
         Poco apreciada por la crítica y con una tibia acogida por parte del público, “Como robar un millón” aunque diste de ser la comedia perfecta, con un ritmo que no acaba de ser redondo, sigue siendo un estupendo divertimento, elegantemente realizado y con unos magníficos actores,. Y sobre todo está Audrey Hepburn esa maravillosa criatura, maravillosamente vestida por Givenchy.
 
 
 
 
 
 

jueves, 5 de junio de 2014

Guerra y paz (1956) La Natasha más encantadora de la historia del cine

 

         Otra vez nos topamos con una novela del siglo XIX, gran caladero del medio cinematográfico desde sus inicios. Algo lógico pues la novela durante ese siglo, fue en gran medida, el vehículo de esparcimiento por antonomasia. Publicadas muchas de ellas, en forma de entregas periódicas, tuvieron una enorme difusión, manteniendo muchas de ellas su fama hasta la actualidad.

 

         La lengua rusa, durante muchos años subestimada por sus élites, que preferían expresarse en francés, empezó a ser utilizada por una magnífica generación de escritores que a lo largo del siglo, lograron ponerla en primera línea de la literatura mundial. Pudovkin, Gogol, Dostoievsky, Chejov, por citar algunos de los más célebres, escribieron obras maestras que han sido frecuentadas por el cine. A todos los he leído, pero sigo prefiriendo a Tolstoi, el ambiguo y contradictorio aristócrata, autor de magníficas novelas.

 

         Novela de gran envergadura, sobrepasando las mil quinientas páginas., “Guerra y paz” escrita a partir de 1863 durante casi cinco años, es una obra titánica, de gran complejidad que suma los momentos intimistas y los más espectaculares, formando un gran fresco historico que tiene como telón, las guerras napoleónicas entre Rusia y Francia a comienzos del siglo XIX. Desde 1915 ha contado con varias adaptaciones al cine, televisión y ópera. La película que hoy propongo ha sido denostada por numerosos críticos, acusándola de mil y uno defectos, algo que pretendo rebatir desde este modesto blog.

 

         Esta animadversión hacía el filme, sinceramente no la entiendo. Es un maravilloso espectáculo, magníficamente concebido, que logra mantener su interés a lo largo de las casi tres horas y media de proyección. Sus instigadores fueron los  productores Carlo Ponti y Dino de Laurentis, quienes venían trabajando juntos desde 1949. En ese periodo habían logrado escalar a lo más alto de la cinematografía trasalpina, mezclando cintas comerciales con obras maestras como Europa 51 de Rossellini y La Estrada de Fellini. Con el apoyo financiero de la Paramount, dedicaron casi dos años a poner en pie este colosal filme, tan de moda en su época. No hay que olvidar que ese año de 1956, fue el de la apoteosis del cine de gran formato con títulos tan emblemáticos como “Gigante”, “La vuelta al mundo en ochenta días” y “Los diez mandamientos”.

 
 

         Para encargarse del proyecto, se requirieron los servicios de King Vidor, un cineasta de gran experiencia, autor tanto de dramas intimistas (“Stella Dallas” y “Cenizas de amor”) como de otros que requerían escenas de acción (Paso del noroeste, Duelo al sol), por lo que parecía el director adecuado para trasladar a imágenes la inmortal obra rusa. Vidor había rodado en su Galveston (Texas) natal en1913, su primer largometraje en el cine y acababa de cumplir los sesenta cuando se le ofreció la oportunidad de llevar al cine su novela favorita. Por supuesto que no se iba a arredrar, tras la tumultuosa filmación de “Duelo al sol” casi diez años antes, estaba curado de espanto y los jóvenes productores italianos por muy insufribles que fueran, seguro que no tendrían parangón con David O´Selznick.

 

         En adaptar, las más de mil quinientas páginas del libro se empleó un nutrido equipo de guionistas. En el heterogéneo grupo destacaba Bridget Boland, esta escritora era hija de un célebre político irlandés que en su juventud se dedicó al deporte, ganando una medalla en los primeros juegos olímpicos modernos John Pius Boland. Artista versátil autora de novelas y obras de teatro, su segundo trabajo para el cine “Luz de gas” fue uno de los grandes éxitos del cine británico de los años 40, hasta el punto de llegar a volverse a rodar en Hollywood con Ingrid Bergman y Charles Boyer. En 1955 acababa de adaptar al cine una de sus mejores piezas de teatro “El prisionero”, con Alec Guinness en el papel de un Cardenal húngaro represaliado por los comunistas, por lo que se hallaba en su mejor momento. El también británico Robert Westerby llevaba casi diez años escribiendo guiones, en cintas de aventuras por lo general menores. También contribuyeron a elaborar el extenso guion otros cinco escritores de nacionalidad italiana: Ennio De Concini, Ivo Perilli, Gian Gaspari Napolitano, Mario Soldati y Mario Camerini. Este último más conocido por su faceta de director, acababa de rodar para Ponti y De Laurentis una de sus cintas más populares “La bella campesina” (basada en El sombrero de tres picos de Alarcón) con tres de las estrellas más famosas de Italia: Sophia Loren, Vittorio De Sica y Marcello Mastroianni.

 

         Aunque si hablamos de estrellas, la película contaba con la más prometedora de Hollywood. Ganadora del oscar a la mejor actriz por su primera cinta en la meca del cine, Audrey Hepburn había refrendado con “Sabrina” todas las esperanzas que en ella había depositado la Paramount. En “Guerra y paz” se enfrentaba a su primer papel dramático encarnando a la joven y ensoñadora Natasha. Su presencia cautiva desde el primer instante y es uno de los mejores valores del filme. A su lado, el Andrei representado por el marido de Audrey “Mel Ferrer” empalidece, pese a que intenta adaptarse al torturado personaje. Lo que es evidente, era lo muy enamorados que estaban ambos durante el rodaje, algo que se traslada a la pantalla.

 
 

         Los tres actores principales venían después de haber intervenido en una gran película, Audrey en la anteriormente citada “Sabrina”, Mel Ferrer acababa de trabajar a las órdenes de Renoir en “Helena y los hombres” y Fonda de interpretar quizás su personaje más popular “Mr. Roberts” que tanto brilló dio sobre los escenarios de Broadway. Es cierto que quizás era demasiado mayor para encarnar a Pierre, el personaje más complejo de la novela, lo que no implica que su interpretación ralle a gran altura, insuflando la bondad y la grandeza que tiene la criatura nacida del genio de Tolstoi.

 
 

         En roles secundarios, podemos disfrutar de la apostura de un joven Vittorio Gassman en el papel del seductor Anatol y de la belleza de Anita Ekberg como Helena, la caprichosa esposa de Pierre. Todos ellos se movían por los magníficos decorados de Cinecitta diseñados por Mario Chiari, un estupendo director artístico que como otros en Italia había comenzado su tarea en el mundo de la ópera. Después de este filme trabajaría en otras importantes producciones como Barrabás, La Biblia y Ludwig. El lujoso vestuario fue ideado por Maria De Matteis, la florentina  había empezado en el mundo del cine con la épica “Escipión el Africano”, donde fue asistente del diseñador de vestuario Vittorio Nino Novarese. Como titular del vestuario intervino en 87 filmes, entre ellos varios de los famosos péplum italianos.

 
 

         Dejo para el final la reseña de dos nombres que intervinieron en el filme. Hablar de Jack Cardiff, es de uno de los magos de la fotografía en color. Durante años recorrió medio mundo filmando las más bellas imágenes en numerosos documentales, lo que le permitió experimentar con el sistema Technicolor. En el momento de incorporarse al rodaje de Guerra y paz, ya contaba con una magnífica trayectoria, con títulos memorables como “Las zapatillas rojas”, “La reina de África” y “La condesa descalza”. La hermosa e inolvidable partitura es obra de Nino Rota. El compositor milanés ya había sido un niño prodigio escribiendo sus primeras partituras con menos de doce años. Autor de óperas y ballets su contribución al cine es legendaria, comenzó en 1933 su larga trayectoria con  filmes tan notables como “El gatopardo” y “El padrino”.

 
 
 

         Muchos afirman que la interminable versión rusa dirigida en 1968 por Sergei Bondarchuk, es la mejor adaptación de la  obra de Tolstoi. Para gustos los colores, yo prefiero el sencillo arte de narrar de Vidor, junto a la presencia de Audrey, en un gran espectáculo de masas en suntuoso Vistavision, que junto a brillantes escenas bélicas, guarda exquisitos momentos sentimentales, como cuando Pierre en medio del fragor de la batalla, recoge ensimismado una pequeña flor amarilla. Un instante de belleza, en un campo regado de sangre.