sábado, 14 de diciembre de 2013

La que apostó su amor (1935) Las chicas son guerreras.

 

Como una ametralladora, así se puede definir el estilo trepidante de esta comedia de corte periodístico, dirigida por Michael Curtiz. Sus ochenta y dos minutos de duración pasan volando debido al frenético ritmo impuesto por un director que había pasado. de dirigir grandes espectáculos históricos en la vieja Europa, a llevar a buen puerto cintas de modesto presupuesto, que retrataban sin ambages, la sórdida realidad contemporánea.


Desde el principio podemos ver la influencia en la cinta, de la célebre obra de Charles McArthur y Ben Hetch “The front page” estrenada en 1928 y que ya había llevado al cine Lewis Millestone en 1931. Retratando a los periodistas como criaturas harteras, cuyo único objetivo es conseguir una exclusiva a cualquier precio. El mucho más apropiado título original “The front page woman” nos señala la gran novedad de la historia, la  inclusión de una mujer en un medio dominado exclusivamente por hombres.


La participación femenina en la prensa, tradicionalmente se suscribía a escribir ecos de sociedad y columnas sobre temas literarios, en el mejor de los casos. Josefina Carabias fue en España la primera reportera, tal como hoy conocemos el oficio, ocupándose de narrar las tumultuosas sesiones parlamentarias del periodo republicano.


No es de extrañar que para encarnar a la intrépida reportera, se pensara en Bette Davis. La actriz iba poco a poco ganando peso en el estudio, aunque hasta entonces su papel más celebrado, había sido en un filme de Jonn Cronwell,  producido por RKO titulado en España “Cautivo del deseo”. En ese filme que adaptaba la famosa novela de Somerset Maugham “Servidumbre humana” compartía  por primera vez créditos con Leslie Howard. Ese mismo año 1934, encabezaba el reparto de “Jimmie the gent” con James Cagney.  En la cinta que hoy nos ocupa, su pareja de baile sería George Brent, con esta ya eran tres los filmes en los que habían coincidido. El actor irlandés tenía fama de mujeriego y un pasado revolucionario que le obligó a trasladarse a los Estados Unidos. Llevaba ya muchas películas a sus espaldas, pese a su corta carrera, entre las que pueden mencionarse dos clásicos como “La calle 42” y “El velo pintado”.


Es evidente que la química entre Bette y Brent, redunda en el beneficio del filme. El es Curt Devlin, un reportero audaz que está enamorado de Ellen Garfield (Bette Davis), una novel colega, a la que trata de manera paternalista. El problema es que Curt es un machista de tomo y lomo, que piensa que la profesión de periodista no es adecuada para una mujer.  Como ella no está dispuesta a casarse con él y confinarse en el hogar, Devlin utilizará las más tretas más harteras, para que finalmente desista de su vocación.  Lo que no cuenta es con la firme determinación de Ellen, que logra saltar todos los escollos que ponen en su camino. Cuando la resolución de un extraño crimen se cruza en su camino, deciden apostar el futuro de su  relación, a quién logre resolverlo.

Basada en una historia de Richard Macaulay, guionista de dos títulos indispensables como son “Los violentos años 20” y “La pasión ciega”, esta “Chica de la primera plana” cuenta con unos mordaces diálogos a cargo de Laird Doyle, Lillie Hayward y Roy Chanslor.  Precisamente Laird Doyle, se encargó meses después de escribir la historia y el guion de “Peligrosa” la cinta que depararía a Bette Davis su primer oscar.
 

viernes, 13 de diciembre de 2013

La mujer de blanco (1948) El fulgor de Eleanor Parker

 

La literatura inglesa del siglo XIX ha sido utilizada con profusión por el medio cinematográfico y televisivo. Solo basta fijarse en el número de adaptaciones para distintos medios, de las novelas de Jane Austen, Emili y Charlotte Bronte, George Elliot, Bram Stoker, Robert Louis Stevenson…y por supuesto Charles Dickens.  El afamado novelista británico fue el editor de una revista llamada All the Year Round. En sus páginas en forma de folletín se publicó por primera vez” Historia de dos ciudades” y  “Grandes esperanzas”. El amigo y colaborador de Dickens, Wilkie Collins también vio aparecer en el semanario “La dama de blanco” una novela que aunaba misterio, intriga, suspense y romanticismo. A lo largo de cuarenta semanas logró captar la atención del público británico y norteamericano, ya que se publicó simultáneamente en Harper's Weekly, un semanario neoyorquino. Pronto editada en forma de libro, fue objeto de numerosas reediciones y traducida a muchos idiomas.


Collins hijo de un famoso pintor paisajista, tuvo una fecunda obra en la que abundan, los sucesos sobrenaturales y la investigación detectivesca. Está considerado como uno de los mejores escritores, de un  tipo de literatura que en el mundo anglosajón recibió el nombre de sensation,  debido a sus impactantes argumentos.


Con tales ingredientes y precedida de una merecida fama, no es extraño que ya en el periodo mudo “La dama de blanco” contara con varias adaptaciones al cine. Pero si el género, que posteriormente recibió el calificativo de gótico, tuvo una época en que se llevó a la pantalla con especial acierto, estos fueron los años cuarenta del siglo pasado. A raíz del fulgurante éxito de “Rebeca”, las tenebrosas casas victorianas, ganaron adictos en los relatos de misterio. Uno de los más aclamados fue “La escalera de caracol” de Robert Siodmak.


Peter Godfrey, fue uno de esos artesanos que trabajaba bajo contrato de la Warner en aquella época. Relegado posteriormente a dirigir telefilmes, durante el periodo que nos ocupa, estuvo al cargo de cintas de primer nivel, protagonizadas por las más brillantes estrellas del estudio.  Bogart compuso uno de sus papeles más inquietantes en la estupenda “Las dos señoras Carroll”, mientras que Errol Flynn protagonizaba junto a Barbara Stanwyck otra intrigante cinta “El aullido del lobo”. Flynn repetiría con Godfrey en el drama “Nunca huyas de mi”, donde se hallaba envuelto entre dos amores interpretados por Ida Lupino y Eleanor Parker.



Eleanor Parker cuya carrera hacía el estrellato, no era impulsada por su estudio, pese a su singular belleza y capacidad profesional, encabezó el reparto de la primera adaptación sonora de la obra de Collins. Otra vez bajo las ordenes de Godfrey, la hermosa actriz deslumbra con su aparición en el inicio del relato. Encarnando a la enigmática mujer de blanco, logra impresionarnos tanto como al pintor Walter Hartright (Gig Young) al que encontrará caminando por el bosque, en busca de la mansión de los Fairlie, donde le han contratado como profesor de dibujo. La conversación entre ambos, la interrumpirá el carruaje que transporta al Conde Fosco (Sydney Greenstreet) un noble de oscuro pasado, director del manicomio local, que también reside en la mansión.  Su acompañante le refiere que la muchacha es una paciente que ha escapado de la institución. Cuando llegue por fin a la misteriosa casa, descubrirá que la joven  a la que tiene que dar las clases, Laura Fairlie (Eleanor Parker), guarda un enorme parecido con la misteriosa dama.

 

 

Esta apasionante cinta, cuenta además con la participación de otra belleza de la Warner “Alexis Smith” en el papel de Marian, la prima pobre de los atribulados Fairlie, y la inconmensurable actuación de Agnes Moorehead como la intrigante esposa del perverso Conde Fosco. Un entretenimiento por todo lo alto, en la que la subyugante presencia de Eleanor Parker, constituye el principal atractivo. A pocos días de su desaparición, sirva este modesto homenaje, de sincero recuerdo, a una de las estrellas más fulgurantes del Hollywood clásico.
La Carmen más hermosa de la historia del cine en la biografia de Marjorie Lawrence
Polvo de estrellas como la que forjó a Eleanor Parker
 
 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Soplo salvaje (1953) Aquí hay petroleo

 

Para cuando Barbara Stanwyck rueda “Soplo salvaje”, su condición de mala-malísima de la pantalla, estaba más que cimentada. Ella se quejaba a menudo,  que después de haber hecho tantas comedias en la primera parte de su carrera, a raíz de su papel de Phyllis en “Perdición” de Billy Wilder, le habían encasillado en papeles de malvada, que por cierto bordaba.

Esta Marina Conway,  desde luego no le va a la zaga. Casada al igual que en la mítica cinta de Wilder, con un hombre al que no quiere, será capaz de poner todas sus viles artes en juego, con tal de recuperar el amor perdido. Una determinación implacable, que era marca de la casa.


Ambientada en un hipotético país de América del sur, la cinta comienza con la quema de un pozo de petróleo, por parte de unos bandidos. El propietario Jeff Dawson (Gary Cooper) que ha perdido todo lo que poseía, se encuentra de una manera fortuita con  Paco (Anthony Quinn) antiguo amigo y socio de Dawson. Cuando este le ofrece trabajo, decide no aceptar al ver que está casado con su viejo amor Marina, viendo los problemas que le puede acarrear. En esta vorágine pasional, también habrá  lugar para Sal (Ruth Roman), una joven aventurera que pretende salir del país, de la que Dawson acabará enamorándose.



Sin forma alguna de obtener recursos, el fracasado buscador de petróleo, decide aceptar la oferta de empleo ofrecida por su amigo. Este acosado por los bandidos, requiere su apoyo para vencerlos. Pero la indisimulada atracción que Marina siente por Dawson, desatará los salvajes celos de Paco.



El argentino Hugo Fregonese, convierte  hábilmente en imágenes, la atormentada historia creada por Phillip Yordan. Este intenso drama,  al que realza la brillante partitura musical de Dimitri Tiomkin, contiene la suficiente dosis de acción propias de un western, combinado con una apasionada historia de amor, a la que dan vida, tres excelentes actores, de poderosa personalidad.
 
El cantante de origen italiano Frankie Laine, fue el auténtico creador de las populares baladas que llenaron los western a partir de Solo ante el peligro.

 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Al compás del corazón (1944) Clásicos populares

 

En muchos artículos hemos hablado de la importancia de la figura del productor en el Hollywood clásico. De entre todos los estudios, MGM fue el que mayor poder les otorgó, convirtiéndoles de facto, en los mayores responsables de las famosas películas del León. En estos días en que nos entristece la reciente desaparición de Fernando Argenta, me parece oportuno traer a colación la figura del productor Joe Pasternack.  Húngaro de ascendencia judía, ya en sus inicios en el cine alemán, había alcanzado popularidad, propulsando la carrera de una artista hoy olvidada llamada Franciska Gaal. Obligado a huir de Europa por los nazis, fue contratado por los estudios Universal, siendo el auténtico impulsor de la carrera de Deanna Durbin.


Al igual que el añorado Argenta, Pasternack intentaba que la música clásica, fuera escuchada por las audiencias más populares. En su segunda película con Durbin “Loca por la música” contó con la participación de Leopold Stokowski, el más famoso director de orquesta de su tiempo. La joven soprano intercalaba en sus películas, melodías contemporáneas con famosas arias de ópera.
 
 
 

 

Después de su etapa en Universal, Pasternack pasó a formar parte de la extensa nómina de productores de MGM. Uno de sus primeros éxitos fue “Al compás del corazón” dirigida por Henry Koster, habitual realizador de sus películas con Durbin. En este caso la estrella infantil de la cinta, Margaret O´Brian no poseía ninguna dote musical. Estupenda actriz, había cautivado el corazón del público con sus papeles en “Cita en San Luis” y “El fantasma de Canterville “, donde compartía escena con el gran Charles Laugthon. En esta ocasión interpretaba el papel de Mike, una niña de siete años que debe cuidar de su hermana Barbara (June Allison), una violonchelista embarazada de un soldado que está en la guerra, que debe soportar el  iracundo carácter del director de su orquesta (José Iturbi).
 
El magnífico pianista valenciano, gozaba de gran popularidad en Estados Unidos donde residía desde 1929. Dotado de una técnica perfecta que le permitía ejecutar las composiciones más complicadas, fue siempre un artista admirado por el gran público, gracias a sus numerosas actuaciones en la radio, el cine y posteriormente la televisión. Impulsor de la Orquesta Municipal de Valencia, ganó para ella un prestigio internacional, desconocido hasta entonces para una formación española. Hombre afable y generoso, contribuyó con su arte a paliar los devastadores efectos de la “riada” de 1957, acaecida en su natal Valencia, a la que siempre estuvo ligado.
 
 
En esta entrañable comedía, con algún tinte melodramático, aparte de la siempre refrescante actuación de Margaret O´Brian, y el virtuosismo musical de Iturbi, podemos disfrutar de la siempre agradable June Allison, en su segunda  papel estelar (el anterior había sido en la comedia  Dos chicas y un marino, donde también intervenía el músico español).  Una actriz dotada de un encanto especial, que aparecería en la pantalla a lo largo de una década, acompañada de los más famosos artistas del firmamento de Hollywood.
 
En la cinta también aparece el gran cómico Jimmie Durante
 
 
 

 

 

martes, 10 de diciembre de 2013

La muchacha de Salem (1937) Fanáticos.


La conocida popularmente como “Caza de brujas” acaecida en Salem el año 1692, ha quedado en la memoria colectiva como un ejemplo paradigmático de las terribles consecuencias que puede originar el fanatismo religioso. Unos sucesos que fueron recogidos posteriormente  por Arthur Miller, en su laureada obra de teatro “Las brujas de Salem”. Un texto que ha sido representado en los mejores escenarios, e interpretado por los artistas más célebres. Estrenada en España, bajo la dirección del añorado José Tamayo en el Teatro Español, contó con un magnífico reparto encabezado por Francisco Rabal. Por cierto que en su habitual reseña de ABC, el temido crítico teatral Alfredo Marquerie, famoso por su lengua viperina, califico a la obra de pesada, pese a los recortes que sufrió  en la traducción.

 

Puede que la adaptación cinematográfica de estos hechos, realizada dieciséis años antes, no se ajuste tanto a la realidad como la obra de Miller, lo que les aseguro es que no es en absoluto pesada. El argumento escrito entre otros por Walter Ferris, un guionista que ya había trabajado en dos éxitos de la Colbert  (Imitación de la vida y Bajo dos banderas) y en otros filmes de corte histórico como Lloyd de Londres, fija su atención en el personaje de Barbara Clarke (Claudette Colbert) una joven que reparte por todo el pueblo, las velas que fabrica junto con su tía.


En una de esas entregas conoce al apuesto Roger Coverman (Fred McMurray) un colono de Virginia que ha tenido que huir de su tierra por enfrentarse al despótico gobernador real. Sus encuentros amorosos furtivos, son sorprendidos por el borracho de la localidad, que en sus alucinaciones  atribuirá al joven ser la encarnación del maligno. Paralelamente a estos hechos, una niña caprichosa, enfadada con su nana por haberla puesto en evidencia, decide vengarse acusándola de brujería. Fingiendo ataques convulsos señala a la pobre esclava, la cual tras un duro interrogatorio y con la promesa de salvar su vida, empieza a delatar indiscriminadamente a numerosos miembros de la comunidad.


La despótica venganza de una niña mal criada, es el germen de un clima de histeria, provocado por una sociedad ignorante, atribulada por los clérigos con el miedo a lo desconocido, que conduce a un proceso de delaciones, que acaban llevando al penal y en el peor de los casos a la horca a decenas de personas.

 
La cinta  retrata con mucha verosimilitud el rígido ambiente, de la Nueva Inglaterra puritana de finales del siglo XVII, y en sus aspectos más principales mantiene la fidelidad de los hechos históricos. Quizás  la historia de amor entre Colbert y McMurray sea lo que menos funciona en la película, que por otra parte es un ameno relato que entremezcla drama y aventura, realizado con la habitual solvencia y soltura que caracteriza el cine de Frank Lloyd.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El boxeador (1926) Para Keaton no hay obras menores.


"La única persona que ha tenido para mí una actitud acertada acerca del boxeo en el cine ha sido Buster Keaton".


Esta afirmación que proviene de Martin Scorsese en pleno rodaje de “Toro salvaje”, no puede dejar de sorprender, ya que a “El boxeador” se le ha tenido siempre como una de las cintas menores de Keaton. Realizada justo antes de su indiscutible obra maestra “El maquinista de la General”, puede que la aureola que rodea a la legendaria comedia,  haya eclipsado a un flime tan maravilloso como este.


Buster Keaton que comenzaba en el cine, realizando pequeños papeles en los cortos del gran Fatty Arbuckle, había ido evolucionando desde sus primeras cintas como protagonista estelar, en las que abundaban las caídas y golpes propios del slapstick, a una comicidad más sutil desde su segundo largometraje “La ley de la hospitalidad”. Precisamente en su cuarto largo “El navegante” encarnaba a Rollo Treadway un apocado miembro de la alta sociedad del que parece un calco Alfred Butler, el personaje que interpreta en el boxeador.



Si acaso aún más melindroso, el joven mimado hasta en lo más nimio, recibe la sugerencia, que es más bien una orden, de que vaya de excursión a las montañas, con la esperanza de que al valerse por sí mismo se convierta en un hombre. A la aventura se dirige el intrépido Alfred en su lujoso coche acompañado de su inseparable mayordomo (Snitz  Edwards ) . En la lujosa tienda de campaña el millonario sigue llevando la misma forma de vida regalada que llevaba en la ciudad, atendido por el mayordomo hasta en lo más indispensable, lo que provoca uno de los momentos más divertidos de la cinta. En una de sus ridículos intentos de cazar, sentado en una barca, pierde el equilibrio y cae al rio, siendo salvado por una hermosa chica (Sally Ó´Neal) de la que se enamora.



-Desearía casarme con esa hermosa chica de la montaña (Alfred)

-Se lo arreglaré señor (El mayordomo)


De esta forma el resuelto sirviente se dirige a visitar al padre y el hermano de la chica, dos feraces montañeses que se oponen a la relación, alegando que Alfred es un debilucho. Este les responde que están equivocados, mostrándoles la imagen de un boxeador que se llama igual que su amo Alfred Butler, asegurándoles que quien la pretende es el famoso astro del ring.

Aquí comenzaran una serie de enredos de los que será cada vez más difícil desprenderse. La trama de la película, aunque tomada de una obra musical de Broadway, sufrió una gran transformación al ser llevada a la pantalla, adaptándose como un guante a la subyugante personalidad de Keaton, que en esta historia de superación personal, logra una de sus actuaciones más memorables. Sinceramente creo, que jamás como en esta cinta, el mundo del boxeo haya resultado tan divertido.

 
 
P.D. Snitz Edwards fue un secundario habitual en las cintas mudas de la década de los 20, interviniendo en filmes tan populares como "El ladrón de Bagdad", dos filmes más con Keaton (El colegial y Siete ocasiones) pero sobre todo es conocido como el miedoso tramoyista Papillon de la mítica "El fantasma de la ópera" protagonizada por Lon Chaney.
 

domingo, 8 de diciembre de 2013

El aire de Paris (1954) Jean Gabin o el glamour de la clase trabajadora.

 

El boxeo es el deporte que mejor ha retratado el cine. Un rosario de obras maestras (Cuerpo y alma, Toro salvaje) y películas estimables así lo acreditan. La atmósfera cargada del gimnasio es tan afín al medio cinematográfico, como el paisaje del  Monumental Valley fordiano.

Marcel Carné representante máximo del realismo clásico en el cine francés, retrata su particular visión del  mundo del cuadrilátero, en este hermoso drama. En un magnífico comienzo vemos avanzar al tren que lleva a dos de las protagonistas de la historia. Una es la modelo Corinne (Marie Daems), a quien se le cae un amuleto por la ventanilla, acción que observa André (Roland Lesaffre), un joven que trabaja recogiendo el carbón de las vías y que se hace con él. A la estación llega la modelo, comprometida con un maduro y rico hombre de negocios y Blanche (Arletty), que vuelve de Niza tras recibir la herencia de su abuela. Esta herencia consiste en una hermosa casa, a la que piensa trasladarse junto a su marido Victor (Jean Gabin)  un veterano boxeador, que ahora dirige un modesto gimnasio donde acoge a muchachos con dificultades económicas.


El sueño de empezar una nueva vida, al cálido amparo del sol que profesa Blanche, choca con el anhelo de Victor, de formar a un campeón, que alcance el éxito que a él se le negó. Cuando va a visitar a su alumno más prometedor al hospital, recibe la noticia de que ha fallecido. Allí conoce a André, que también era amigo del finado. Pese a sus iniciales reticencias, Victor logra convencer al joven de las posibilidades que tiene y de cómo el boxeo puede ser la solución para abandonar la miseria.  Todo parece ir según lo previsto, hasta la fortuita aparición de Corinne, con la que André inicia una relación apasionada, que  trastocará todos los planes de futuro del viejo boxeador.


Las luces y las sombras de la metrópoli francesa, están perfectamente dibujadas por el trazo firme del realizador francés. Desde las miserables habitaciones pateras de ambiente argelino, a la elegante mansión de la modelo Corinne, pasando por el sano ambiente del barrio obrero donde se ubica el gimnasio. De la miseria donde acecha el hambre, al mundo glamuroso de los hermosos modelos de Balenciaga.

“Aire de Paris” es una cinta de boxeo, pero ante todo es una historia de amor. O más bien de amores, el paterno filial de Victor con el díscolo André, la mencionada unión pasional de Corinne con el prometedor boxeador, la egoísta asociación de dominio de la modelo sufre a cargo de su  mentora y por último la sacrificada relación de Blanche con el  bienintencionado y poco práctico Victor. Por último la idílica imagen de la familia de tenderos italianos, sirve de contrapeso a la azarosa vida del resto de personajes.



Jean Gabin que por su magnífica creación del veterano púgil, recibió la prestigiosa Copa Volpi del Festival de Venecia, vuelve a reunirse con Arletty ,quince años después de la mítica Le jour se lève, también dirigida por Carné.  La veterana actriz francesa que no había vuelto a brillar con la misma fuerza en el cine francés de post-guerra nos deja en esta cinta una de sus mejores interpretaciones.



 

 
Menospreciada por amplios sectores de la crítica, que ningunean la obra de Carné más allá de las cintas que rodó en colaboración con el poeta Prevert (Los niños del paraíso, Le jour se leve, Les visiteurs du soir), esta cruda y romántica visión de París, es una maravillosa muestra, de una forma de hacer cine, carente del artificio de aplaudidas vanguardias, que sigue cautivando por su frescura y verdad.
La estupenda canción del filme La ballade du Paris, por su creador Yves Montand
                                 Arletty cantando una chanson de opereta en 1934