domingo, 9 de agosto de 2015

Teatro Apolo (1950) Un charro cantor, una estrella de la ópera fugaz y un director magnífico

 

 
       En un mundo donde el egoísmo es norma habitual en el comportamiento humano, siempre cabe resaltar a las personas que piensan más en el beneficio de los demás que en el suyo propio.
 
       Puede que sorprenda a algunos, pero ese es el caso de uno de los artistas más célebres de todos los tiempos dentro del ámbito hispano, Jorge Negrete. El charro cantor, cuando estaba en la cumbre de su fama, decidió consagrarse en la lucha de defender a sus compañeros los actores, siendo elegido presidente de su sindicato. Él unos años atrás, cuando intentaba abrirse paso como artista en Estados Unidos, había sufrido en sus propias carnes lo que era sentirse desasistido. Esta experiencia no se borró de su mente, sino que le sirvió para intentar mejorar las condiciones de los actores mexicanos.
 
 
       Fue tanto el empeño que puso y las horas que le dedicó, que dejó de lado sus compromisos profesionales. Como consecuencia de ello, fue perdiendo la fama que tanto le había costado ganar a ambos lados del océano.
Jorge Negrete con el Trio Calaveras en Alicante durante su visita de 1948
       Cuando visitó por primera vez España en 1948, fue recibido con una expectación inusitada. Según se cuenta las recatadas españolas de la época, olvidando su pudor, arrancaron todos los botones de la chaqueta del cantante. Sus intervenciones tanto en los teatros como en los micrófonos de Radio Madrid, sirvieron como pórtico de la película que rodaría en nuestro país “Jalisco canta en Sevilla”, donde debutaba una jovencísima Carmen Sevilla.
 
 
La verbena de la Paloma
 
       Cuando regresó a España dos años después, no se produjo el mismo clima de aceptación, ese tiempo que Negrete había ocupado pensando en los demás, lo había alejado de un público siempre atento a la última novedad. Apenas había periodistas cuando llegaron al madrileño Hotel Emperador donde se alojaría junto a su compañera por aquél entonces Gloria Marín.
Jorge Negrete con su pareja de entonces Gloria Marín
 
       El motivo de esta nueva visita era la de rodar una película titulada “Teatro Apolo” cuyo productor era Cesáreo González. Su marca “Suevia Films” había surgido recién terminada la guerra civil en 1940, siendo la única productora que podía rivalizar con la hasta entonces indiscutible CIFESA. Precisamente uno de los directores emblemáticos de la mítica productora, Rafael Gil, había abandonado a esta para trabajar en la nueva empresa del empresario vigués. De esto hacía ya tres años y desde entonces Gil se había convertido en el director más importante de Suevia Films, siendo para el los proyectos de más envergadura.
El auténtico Teatro Apolo madrileño
 
       Cuando Cesáreo González le pidió a Rafael Gil un proyecto que pudiera servir para el astro mexicano, éste recordó que tenía un guion que había sido premiado por el Sindicato Nacional del Espectáculo hace cuatro años. Lo escribió el propio director en compañía de Carlos Fernández Cuenca, en otros tiempos director de cine vanguardista, reconvertido a censor y crítico teatral del diario Ya, junto a uno de sus colaboradores habituales Antonio Abad Ojuel, fruto de cuya relación nacieron dos de los mejores filmes de Gil, “Don Quijote de La Mancha” y “La fe”.
Rafael Gil
 
       Como su propio título indica, Teatro Apolo es una crónica de la edad de oro del género chico, cuyo templo fue sin duda el bello teatro madrileño. Para amalgamar toda la música obra de los grandes compositores de la época como Bretón, Chapí y Chueca, se utilizaron los servicios de Juan Quintero, uno de los más prolíficos y prestigiosos compositores de música para el cine. Quintero compuso además un bonito número inspirado en los espectáculos de cafetín que interpreta la pareja protagonista.
 
La pareja actuando en los cafetines de la época
 
       Aunque Negrete debía su fama a las canciones pseudo folklóricas de raigambre mexicano, su formación era lírica, siendo uno de los discípulos del gran profesor azteca José Pierson por cuya prestigiosa academia pasaron voces de la categoría de Juan Arvizu, Pedro Vargas o José Mojica. Tanto en el disco como en sus filmes Negrete tiene pruebas de su categoría en el género lírico, en romanzas tanto españolas como latinas, poseyendo una voz de barítono lírico con gran facilidad para alcanzar notas altas, que es la ideal para la mayoría de papeles masculinos en la zarzuela.
Negrete cantando Molinos de Viento del maestro Luna
 
       Mientras Negrete podía parecer un intruso en el género, su paternaire María de Los Ángeles Morales se había convertido en la gran revelación de la lírica española. Con sólo 21 años la soprano madrileña había actuado por medio mundo demostrando sus magníficas cualidades para la ópera siendo sus personajes más representativos Lucía de Lammermoor en la ópera homónima de Donizetti y Violeta en La Traviata de Verdi. En sus recitales también tenían su sitio las canciones españolas e interpretado sobre el escenario la obra cumbre del género zarzuelero “Doña Francisquita”, además de intervenir en el estreno de dos obras líricas del gran Joaquín Rodrigo. Con ese bagaje se presentó en este su debut cinematográfico, donde dio muestras de su habilidad no sólo canora sino también interpretativa.
La Gran Vía de Chueca
 
M. De Los Ángeles Morales cantando la jota del Niño Judío
 
       Es que uno de los mayores aciertos de Rafael Gil era sacar lo mejor de sus actores, Negrete aunque ya un veterano delante de las cámaras, logra aquí quizás la mejor interpretación de su carrera y forma una estupenda pareja con Morales.
Una cómica escena de la película
 
       Esto en lo que se refiere al nivel interpretativo, porque si ya hablamos de canto, podemos escuchar muchas de las mejores versiones que se hayan realizado sobre las famosas romanzas. Todavía recuerdo siendo muy joven al gran Rafael Gil interviniendo en el estupendo y nunca superado programa de Fernando Méndez Leite “La noche del cine español” que poseía el disco con las romanzas de la película y que para él nunca habían sido igualadas. Desgraciadamente no he podido encontrar por ningún lado referencia alguna de esas grabaciones, otra vez encontrándonos con la desidia por preservar el patrimonio musical hispano.
El famoso dúo de El puñao de rosas de Chapí
 
El vals del Caballero de Gracia en La Gran Vía
 
       Además de contar con la pareja estelar, el filme no sería el mismo sin el concurso del gran Juan Espantaleón. El estupendo secundario sevillano, había logrado ya la fama en tiempos de la República por su papel de sacerdote bonachón en “Nobleza baturra”, aunque para mi Rafael Gil fue el director que mejor supo sacar provecho de su arte especialmente en su obra cumbre “El clavo”. Aquí interpretando al gerente del  Teatro Apolo vuelve a darnos muestras de su gran talento, resultando mucho menos envarado que en las epopeyas históricas de Juan de Orduña (Locura de Amor, Alba de América). Mención especial también para una joven María Asquerino y sobre todo para el gran caricato Antonio Riquelme, en uno de sus breves pero impactantes personajes, dejándonos una sonrisa como recuerdo.
Juan Espantaleón con Negrete
 
y junto a una joven María Asquerino
 
El gran Antonio Riquelme
 
       El periodo que la cinta narra abarcaría cerca de cuarenta años, donde asistiremos al nacimiento, apogeo y caída definitiva del género chico, que es el auténtico protagonista de la película. Pese a ello el más que digno guion, consigue urdir una trama sentimental con sus momentos felices y dramáticos de suficiente peso, sin que sea un simple soporte para los abundantes números musicales. El director intenta que el espectáculo musical no difumine la trama argumental, consiguiéndolo con gran pericia. Ojalá muchas películas musicales rodadas en nuestro país pudieran vanagloriarse de lo mismo. Por ello me indignó mucho mientras investigaba sobre la película en la hemeroteca del diario ABC, como con motivo de la proyección de la cinta en el aludido programa de Méndez Leite, su crítico televisivo calificaba de mediocre la película de Gil. Pero sorpresivamente me encuentro con que el día después de su estreno en el cine Gran Vía el 30 de octubre de 1950, el crítico que firma como Donald critica a la película en unos términos muy similares, diciendo para terminar que una película así hubiera necesitado a un director con “Alma de artista” y que eso no lo tenía el señor Gil. Más después de observar otras críticas del mismo autor veo que su pluma era por lo general despiadada, por ejemplo a un filme hoy altamente considerado como “El callejón de las almas perdidas” se despacha tildándolo como mala película con buenos acores”.
 
 
Un anciano Negrete contempla el final de una época
 
       Afortunadamente esos juicios despectivos hacia nuestro cine clásico parece que van cambiando y se vuelve a valorar una etapa del cine español que tiene más luces de las que  muchos han querido atribuirle. Sirva este post como homenaje al gran director que fue Rafael Gil, al ídolo de México, gran artista y mejor persona Jorge Negrete y especialmente a una estrella fugaz del canto y del cine (se retiró tras casarse en 1954) llamada María de los Ángeles Morales que hace poco más de dos años nos dejó, juntos nos llevaran a los tiempos de aquel pequeño Madrid castizo que ya sólo es un recuerdo.      
 
 

1 comentario:

  1. Me ha gustado tu trabajo. Eran inusuales para la época los caros decorados y la acertada ambientación. Y algo más, indefinible, que tienen las buenas películas: la capacidad de emocionarte.

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